Todos los días seguía la misma rutina para acostarse: una
vez puesto su pijama, se sentaba en su cama, miraba por la ventana, el cielo
estrellado. Era una de las cosas más bellas que podía existir. Pero en medio de
todo el mar de estrellas, ahí se encontraba. Grande, luminosa, de un color
neutro. La Luna siempre era lo último que Daniel miraba antes de cerrar los
ojos, siempre con una sonrisa, y dar por concluido el día.
A Daniel le apasionaba el espacio y todo lo que tenía que
ver con él. Los planetas, los meteoritos y las galaxias eran sus temas de
conversación favoritos, y no había día que su telescopio no enfocara y tratara
de descubrir alguna nueva estrella en el firmamento.
A sus diez años, el sueño de Daniel era ser astronauta.
Estaba seguro de que en el futuro la gente podría ir y venir del resto de
planetas gracias a sus descubrimientos, y descubrir y disfrutar, como tantos
años llevaba haciendo él, de los misterios que la Vía Láctea nos aguarda más
allá de la atmósfera.
La mejor amiga de Daniel, Laura, también era una apasionada
del espacio, por lo que muchas veces se reunían, ya fuera en la casa de uno o
de otro, para seguir investigando y descubriendo cosas que les acercase más a
su sueño. Al igual que su compañero, a Laura también le entusiasmaba la Luna,
por lo que la afinidad entre ambos era más que patente.
Los años pasaron y Daniel y Laura fueron creciendo, así como
el resto del mundo, cuyos avances en tecnología convirtieron en realidad
aquellos augurios que Daniel hacía cuando era un pequeño joven. Los viajes
fuera de la Tierra se habían popularizado de una manera abismal durante los
últimos años, y rara era la persona que, al menos una vez en su vida, no había
realizado una pequeña visita a un planeta o astro cercano.
No sólo eso, sino que parte de la población ya poblaba fuera
de la Tierra y se había asentado en alguna de estas rocas del exterior. Los
mejores empresarios habían extendido sus garras fuera de los límites de la
Tierra y habían construido enormes complejos de viviendas y zonas de ocio, en
donde la gente podía hacer prácticamente todo aquello que ya podían hacer en su
planeta natal, pero con el toque de prestigio de realizarlo en el espacio
exterior.
Daniel, lejos de su sueño de astronauta, era uno de estos
empresarios cuyas habilidades lo habían disparado a ser de los más beneficiados
de la emigración planetaria. Por supuesto, su admirada Luna había sido la base
sobre la que decidió asentar sus edificaciones, cuyo nombre respondía a “Resort
Lunar”.
La mayoría de las personas que conocían a Daniel coincidían
en que se trataba de un tipo con suerte, un hombre al que no le podían ir mejor
las cosas en la vida, la cual tenía prácticamente resuelta. Daniel lo tenía
todo: una enorme casa (en la Luna) con una enorme piscina, una familia que lo
adoraba y un círculo de amigos con el que siempre se reunía.
Sin embargo, Daniel notó que le faltaba algo. No se trataba
de algo material, puesto que en ese caso lo podría haber adquirido en un abrir
y cerrar de ojos. Tampoco de algo social: su familia le quería, sus amigos le
querían, e incluso mantenía su amistad con Laura, con quien solía hablar cada
semana a través de conferencia espacial.
Fue precisamente en una de estas conversaciones donde Daniel
descubrió qué era aquello que le faltaba… algo que jamás se le pasó por la
cabeza.
Laura, al igual que su mejor amigo, había tenido un éxito
arrollador en los negocios y se había convertido en la directora de una
importante empresa constructora. Pero como la Luna ya tenía un dueño al que
atender, no le quedó más remedio que asentarse en un astro cercano: el planeta
Marte.
Marte era uno de los primeros planetas que había podido ser
habitado, y al que los primeros atrevidos trataron de poner sus pies y casas
sobre él. Laura había sabido aprovecharse de esta situación, con precios muy
competitivos que continuamente atraían a nuevos compradores.
A diferencia de Daniel, Laura parecía plenamente feliz:
también tenía una casa estupenda, acompañada de una familia estupenda y un
círculo de amigos estupendo. Todo el mundo adoraba a Laura en Marte, y la gente
comentaba continuamente por la calle lo genial que era la empresaria.
Un buen día, Laura invitó a Daniel a la celebración del
vigésimo aniversario de su empresa. Durante la reunión, Laura y Daniel hablaron
de lo habitual: de lo bien que se encontraban sus respectivas parejas, de las
buenas notas que sacaban sus hijos o de los diferentes auges y desplomes que
sufrían algunos de sus colegas empresariales.
La fiesta se alargó hasta bien entrada la noche. Los asistentes
se fueron marchando a sus respectivos hogares, hasta que Laura y Daniel
quedaron solos, en la terraza de la casa de la anfitriona:
- ¿Recuerdas cuando de pequeños observábamos el
cielo continuamente? –le preguntó Laura, mientras contemplaba las estrellas.
- ¡Cómo olvidarlo! No creo que tuviéramos otro
tema de conversación… -respondió Daniel, riendo.
- Yo nunca la olvidaré –continuó Laura- Y todo
gracias a que puedo seguir viviendo aquella visión.
- ¿A qué te refieres? –le preguntó Daniel,
atónito.
Laura no respondió, sino que señaló al cielo, a un punto muy
concreto: allí estaba la Luna, brillando tan fuerte como Daniel hacía mucho
tiempo que no había visto. Fue en ese momento cuando una felicidad brotó de su
pecho y recorrió todo su cuerpo, reconfortándolo como hacía cuando era un
pequeño chico de diez años.
Que relato más bonito Borja, darse cuenta de que Daniel añoraba lo que, aún estando sobre la luna, no podía verla brillar en el cielo *_*
ResponderEliminarPor otra parte, y aparte de todo el sentido del relato, mi mente inocente pensó en una conversación entre Daniel y Laura de jovenzuelos:
Laura: Hoy en tu casa o en la mía?
Daniel: Venga donde sea, que te voy a poner mirando a las estrellas.
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