viernes, 8 de marzo de 2013

La Luna


Todos los días seguía la misma rutina para acostarse: una vez puesto su pijama, se sentaba en su cama, miraba por la ventana, el cielo estrellado. Era una de las cosas más bellas que podía existir. Pero en medio de todo el mar de estrellas, ahí se encontraba. Grande, luminosa, de un color neutro. La Luna siempre era lo último que Daniel miraba antes de cerrar los ojos, siempre con una sonrisa, y dar por concluido el día.

A Daniel le apasionaba el espacio y todo lo que tenía que ver con él. Los planetas, los meteoritos y las galaxias eran sus temas de conversación favoritos, y no había día que su telescopio no enfocara y tratara de descubrir alguna nueva estrella en el firmamento.

A sus diez años, el sueño de Daniel era ser astronauta. Estaba seguro de que en el futuro la gente podría ir y venir del resto de planetas gracias a sus descubrimientos, y descubrir y disfrutar, como tantos años llevaba haciendo él, de los misterios que la Vía Láctea nos aguarda más allá de la atmósfera.

La mejor amiga de Daniel, Laura, también era una apasionada del espacio, por lo que muchas veces se reunían, ya fuera en la casa de uno o de otro, para seguir investigando y descubriendo cosas que les acercase más a su sueño. Al igual que su compañero, a Laura también le entusiasmaba la Luna, por lo que la afinidad entre ambos era más que patente.

Los años pasaron y Daniel y Laura fueron creciendo, así como el resto del mundo, cuyos avances en tecnología convirtieron en realidad aquellos augurios que Daniel hacía cuando era un pequeño joven. Los viajes fuera de la Tierra se habían popularizado de una manera abismal durante los últimos años, y rara era la persona que, al menos una vez en su vida, no había realizado una pequeña visita a un planeta o astro cercano.

No sólo eso, sino que parte de la población ya poblaba fuera de la Tierra y se había asentado en alguna de estas rocas del exterior. Los mejores empresarios habían extendido sus garras fuera de los límites de la Tierra y habían construido enormes complejos de viviendas y zonas de ocio, en donde la gente podía hacer prácticamente todo aquello que ya podían hacer en su planeta natal, pero con el toque de prestigio de realizarlo en el espacio exterior.

Daniel, lejos de su sueño de astronauta, era uno de estos empresarios cuyas habilidades lo habían disparado a ser de los más beneficiados de la emigración planetaria. Por supuesto, su admirada Luna había sido la base sobre la que decidió asentar sus edificaciones, cuyo nombre respondía a “Resort Lunar”.

La mayoría de las personas que conocían a Daniel coincidían en que se trataba de un tipo con suerte, un hombre al que no le podían ir mejor las cosas en la vida, la cual tenía prácticamente resuelta. Daniel lo tenía todo: una enorme casa (en la Luna) con una enorme piscina, una familia que lo adoraba y un círculo de amigos con el que siempre se reunía.

Sin embargo, Daniel notó que le faltaba algo. No se trataba de algo material, puesto que en ese caso lo podría haber adquirido en un abrir y cerrar de ojos. Tampoco de algo social: su familia le quería, sus amigos le querían, e incluso mantenía su amistad con Laura, con quien solía hablar cada semana a través de conferencia espacial.

Fue precisamente en una de estas conversaciones donde Daniel descubrió qué era aquello que le faltaba… algo que jamás se le pasó por la cabeza.

Laura, al igual que su mejor amigo, había tenido un éxito arrollador en los negocios y se había convertido en la directora de una importante empresa constructora. Pero como la Luna ya tenía un dueño al que atender, no le quedó más remedio que asentarse en un astro cercano: el planeta Marte.

Marte era uno de los primeros planetas que había podido ser habitado, y al que los primeros atrevidos trataron de poner sus pies y casas sobre él. Laura había sabido aprovecharse de esta situación, con precios muy competitivos que continuamente atraían a nuevos compradores.

A diferencia de Daniel, Laura parecía plenamente feliz: también tenía una casa estupenda, acompañada de una familia estupenda y un círculo de amigos estupendo. Todo el mundo adoraba a Laura en Marte, y la gente comentaba continuamente por la calle lo genial que era la empresaria.

Un buen día, Laura invitó a Daniel a la celebración del vigésimo aniversario de su empresa. Durante la reunión, Laura y Daniel hablaron de lo habitual: de lo bien que se encontraban sus respectivas parejas, de las buenas notas que sacaban sus hijos o de los diferentes auges y desplomes que sufrían algunos de sus colegas empresariales.

La fiesta se alargó hasta bien entrada la noche. Los asistentes se fueron marchando a sus respectivos hogares, hasta que Laura y Daniel quedaron solos, en la terraza de la casa de la anfitriona:

- ¿Recuerdas cuando de pequeños observábamos el cielo continuamente? –le preguntó Laura, mientras contemplaba las estrellas.
- ¡Cómo olvidarlo! No creo que tuviéramos otro tema de conversación… -respondió Daniel, riendo.
- Yo nunca la olvidaré –continuó Laura- Y todo gracias a que puedo seguir viviendo aquella visión.
- ¿A qué te refieres? –le preguntó Daniel, atónito.

Laura no respondió, sino que señaló al cielo, a un punto muy concreto: allí estaba la Luna, brillando tan fuerte como Daniel hacía mucho tiempo que no había visto. Fue en ese momento cuando una felicidad brotó de su pecho y recorrió todo su cuerpo, reconfortándolo como hacía cuando era un pequeño chico de diez años.

1 comentario:

  1. Que relato más bonito Borja, darse cuenta de que Daniel añoraba lo que, aún estando sobre la luna, no podía verla brillar en el cielo *_*

    Por otra parte, y aparte de todo el sentido del relato, mi mente inocente pensó en una conversación entre Daniel y Laura de jovenzuelos:

    Laura: Hoy en tu casa o en la mía?
    Daniel: Venga donde sea, que te voy a poner mirando a las estrellas.

    ...

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